Durante años, la identidad ha sido una pieza discreta de la seguridad. Un requisito casi administrativo: crear usuarios, asignar permisos, activar un segundo factor de autenticación y seguir adelante.
Hoy, la identidad ya no es un complemento de la seguridad. Es el punto de partida. La desaparición del perímetro tradicional, la adopción masiva de servicios cloud o el trabajo híbrido han convertido a la identidad en el principal punto de control. O, visto desde otro ángulo, en uno de los mayores puntos de exposición. Y ahí es donde empieza una oportunidad clara para el canal.
La identidad ya no es un complemento de la seguridad. Es el punto de partida
La identidad como nuevo perímetro real
En un entorno donde las aplicaciones ya no viven dentro de la red corporativa y los usuarios acceden desde cualquier lugar, lo que importa es quién accede, a qué, desde dónde y bajo qué condiciones. No es casualidad que muchos de los grandes incidentes de seguridad de los últimos años tengan un denominador común: credenciales comprometidas, privilegios excesivos o accesos mal gobernados. Distintos estudios del sector coinciden en que una parte muy significativa de las brechas de seguridad están relacionadas con el uso indebido de identidades válidas. No porque los sistemas fallen, sino porque los accesos siguen siendo demasiado amplios, persistentes o poco controlados.
No hay que olvidar que, cuando se habla de identidad, muchos clientes siguen pensando únicamente en usuarios humanos. Pero la realidad es bastante más compleja. Cuentas de servicio, identidades de máquina, accesos entre aplicaciones, APIs y entornos automatizados multiplican el número de identidades en juego y amplían la superficie de ataque de forma silenciosa.
Las estimaciones de mercado apuntan a que, en entornos cloud maduros, el número de identidades no humanas ya supera ampliamente al de usuarios tradicionales. Y, sin embargo, siguen siendo las grandes olvidadas en muchas estrategias de seguridad. Gestionarlas exige visibilidad, control del privilegio y capacidad de auditoría, algo que pocas organizaciones tienen realmente resuelto.
Identidad, Zero Trust y cumplimiento
El auge de los modelos Zero Trust ha reforzado aún más el papel de la identidad. La confianza ya no se presupone, se verifica de forma constante. Cada acceso es una decisión basada en identidad, contexto y riesgo. Pero llevar ese enfoque a la práctica requiere algo más que implantar tecnología: exige revisar procesos, redefinir privilegios y asumir que la identidad debe gobernarse de forma dinámica.
A este escenario se suma la presión regulatoria. Normativas como NIS2 o DORA ponen el foco en el control de accesos, la trazabilidad y la gestión de privilegios como elementos clave para reducir el riesgo operativo. Para el canal, esto abre una conversación distinta con el cliente: menos centrada en productos concretos y más en cómo estructurar una estrategia de identidad alineada con seguridad, negocio y regulación.
Una oportunidad clara para el partner
La gestión de identidades reúne varios ingredientes especialmente atractivos para el ecosistema de partners. Es transversal, afecta a todo tipo de organizaciones y no se resuelve con una única intervención. Requiere evaluación, diseño, despliegue, ajuste continuo y, cada vez más, servicios gestionados.
Además, es un terreno donde el valor no está solo en la tecnología, sino en el conocimiento. Entender cómo funcionan los accesos reales de una organización, dónde están los excesos de privilegio o qué identidades suponen un mayor riesgo es lo que marca la diferencia. Y ahí el partner puede posicionarse como un socio estratégico, no como un simple proveedor.






